Conocí una vivienda social en la periferia de la ciudad de Curicó. Se trata de un conjunto de departamentos que fue construido el año 1991. Cada departamento tiene 36 metros cuadrados. Los departamentos fueron entregados sin divisiones interiores, y no fueron resistentes al agua ni de las lluvias externas, ni del uso interno de cocina y baño, de modo que los muros y el cielo están llenos de hongos y manchas de humedad. La altura de cada departamento es más baja que lo acostumbrado, de modo que los moradores se sienten en un espacio estrecho y aplastado. El terremoto de febrero de 2010 causó un inclinación de los departamentos de modo que deberán ser demolidos.
Muchas preguntas se imponen: ¿algún arquitecto que diseñó los departamentos estará dispuesto a vivir en ellos?, ¿es una forma aceptable de resolver el déficit habitacional? ¿es una situación compatible con la imagen de Chile como país exitoso en su camino al desarrollo? ¿cuánto tiempo tendrán que esperar estos pobladores para recibir una vivienda digna?
Sin embargo, en medio de esta realidad deprimente, fui testigo de la ayuda mutua y solidaridad entre los vecinos, como una señal de esperanza y humanidad.
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