En distintas épocas de mi vida he participado en la realización de un relato.
Algunos ejemplos:
- Viví en Roma (Italia) durante el Concilio Vaticano II. Conocí los esfuerzos por renovar la Iglesia católica desde el evangelio. Obispos y teólogos propusieron una iglesia como pueblo de Dios, ecuménica, comprometida con las esperanzas del mundo.
- Viví en La Pintana (Santiago de Chile) durante la Unidad Popular. Conocí la esperanza de los trabajadores y de los pobladores de una mayor justicia social con participación.
- Participé en la Vicaría de la Solidaridad con el esfuerzo por defender los derechos humanos.
- Conocí la Teología de la Liberación y las comunidades de base construyendo una iglesia de los pobres donde se une la fe y la vida.
- Participo en el Foro Educación de Calidad para Todos donde se coordinan esfuerzos por defender la educación como derecho y no como un producto del mercado para los que que pueden comprarlo.
Un relato, entonces, es un proyecto que convoca y moviliza, una utopía que lleva a dar pasos concretos para realizarla. El pragmatismo mata a los relatos y así la vida queda sin sentido.
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